El gran Ángel Zapata
Artículo de Ramón Irigoyen publicado en «Diario de Navarra» el lunes 8 de agosto de 2011
Mi conocimiento de la obra de Ángel Zapata, profesor de escritura creativa en la Escuela de Escritores, se limita a la lectura de su excelente libro “Las buenas intenciones y otros cuentos”, publicado por Páginas de Espuma. Es un libro que, en 114 páginas, bellamente impresas, reúne 14 cuentos junto con “Quince apuntes en torno al cuento (a manera de epílogo)” y dos páginas de dedicatorias. Cada cuento el autor lo dedica a una, dos, tres, cuatro, cinco, seis o docenas de personas. Por ejemplo, el cuento “El valor” está dedicado a una persona: Inés Mendoza. El cuento “Quizá una mala racha” está dedicado a sus compañeros/as de la Escuela de Escritores – que, en número, equivalen a los innumerables mártires de Zaragoza, cuyo número exacto sólo conoce el aragonés Pedro Bosqued -, y muy especialmente a Javier Sagarna, Germán Solís, Ángeles Lorenzo y Mariana Torres, que, según el autor, “tanto me cuidan”. Estas dos páginas de dedicatorias demuestran que el autor tiene un corazón de oro. Ama a muchos amigos y menciona sus nombres con gran cariño. Ya sabemos, pues, que el autor tiene un corazón de oro. ¿Pero es también de oro la prosa de Ángel Zapata? ¿Están estos cuentos nivel de bondad que gasta con sus amigos, como Eloy Tizón, un magnífico cuentista, y con el excelente poeta Luis Alberto de Cuenca, a quienes menciona con especial devoción?
Si yo fuera Gerardo Diego, el autor del genial poema “Columpio”, que mantiene al lector/a en la incertidumbre hasta el último verso alternando el sí y el no, yo ahora seguiría unas líneas haciendo la misma pregunta: ¿es de oro la prosa de Ángel Zapata? Pero, aunque nadie me crea, yo no soy Gerardo Diego, y voy a responder ahora mismo a esta preguntita. Sí, señores, sí, señoras, la prosa de Ángel Zapata es también de oro de noventa quilates. De los seis primeros cuentos – todos, salvo el cuarto, “Ecuador”, al que el autor quizá debería hacerle una permanente – me parecen magistrales. El cuento séptimo, “El día que llegué al más allá”, debería tener un poco más de gracia. “La dura realidad” es un cuento que necesita una visita a la tintorería. Y los seis últimos cuentos también me parecen magistrales. Del sermón “Quince apuntes en torno al cuento” no opino porque escribo este artículo en domingo y, por prescripción médica, nunca opino sobre sermones.




