Dulce Feria del Libro
Realizado por admin el 6/04/12 Categoria Blog/Noticias
Artículo de Ramón Irigoyen publicado en «Diario de Navarra» el lunes 4 de junio de 2012
La celebración de la Feria del Libro de Pamplona y de la Feria del Libro de Madrid, y de las restantes Ferias de España, invita a hablar sobre los maravillosos libros y los libros, a veces, también menos maravillosos. Libros maravillosos, para mí, han sido «Poemas», del poeta latino Catulo, «Poemas», del poeta griego Yorgos Seferis, y la poesía de Antonio Machado, César Vallejo, Cernuda y Gil de Biedma. Yo, por estos poetas, como dice de su hija la gran heroína del madrileño barrio de San Blas Belén Esteban, yo, por estos poetas, mato.
Y entre los libros que Catulo, con su lengua viperina, calificaría de abominables, hay que mencionar a no pocos manuales escolares de ínfimo nivel intelectual, de formato desmesurado pero que, eso sí, obliga a aumentar el precio del libro y, en consecuencia, la editorial brinca de alegría con la facturación que ha crecido como la espuma del mar Cantábrico. Veamos las bibliotecas de los lectores. ¿Cuántos manuales escolares tenemos en nuestra biblioteca y veneramos con el amor que les profesamos a nuestros libros preferidos? Con todas las excepciones que se quiera, porque, claro, las hay – he aquí un ejemplo: «Lingua latina per se illustrata» (‘La lengua latina ilustrada por sí misma’), del danés Hans H. Orberg, un extraordinario método para aprender latín leído, escrito y hablado publicado por Cultura Clásica, que ya siguen muchos magníficos profesores de latín en España -, los manuales escolares son libros que, por lo general, nacen muertos. Todos hemos roncado en la infancia con manuales asesinos. En la Feria del Libro de Madrid, y en la caseta de las editoriales Sial-Pigmalión, firma la gallega María Canosa su fantástico libro de poemas «Ronca el mar», que, como una directa al hígado, deberíamos enviar a las editoriales de libros de texto para que mejoren la calidad de sus libros. ¿Y por qué ronca el mar, que es un gran lector? Porque los libros de texto, con mucha frecuencia, son tochos tan ilegibles como caros. Y son caros porque son innecesariamente gruesos. La educación de un país comienza por producir libros de texto de un nivel intelectual extraordinario, breves, claros, baratos, y con una prosa tan ágil y musical como el vuelo de las golondrinas de Bécquer.
Los libros podemos verlos desde la óptica del autor y del lector. También podemos verlos desde la óptica del editor, del maquetador, que antes llamábamos impresor, del encuadernador, del distribuidor y del librero. Para cada uno de estos sujetos el libro es un producto diferente porque sus intereses son distintos. ¿Qué pretende un autor? Cuando el autor se ha educado con los clásicos, la pretensión del autor es gustar a los clásicos. Para ese autor, su sueño es que, por ejemplo, un poeta genial, como Catulo, muerto hace dos mil años, les diga a sus amigos del Hades, o del cielo o del infierno, según donde esté, que su libro es una de las grandes obras de los últimos veintisiete siglos y de los cuatro siglos que vendrán después del siglo XXI. Un escritor, educado con los clásicos, escribe para los muertos, para sus contemporáneos y para la gente que nacerá los próximos siglos. Como se ve, es un escritor con extrema ambición literaria porque piensa en que lo lean los muertos y la posteridad.
Hay también un tipo de escritor materialista, a quien la espiritualidad y la inmortalidad literaria le importan un rábano, y por eso nunca pierde el tiempo leyendo a los clásicos, sino que va directamente a la más estricta actualidad: piensan exclusivamente en gustar a sus contemporáneos y sus modelos literarios son, en el mejor de los casos, de segundo o de tercer nivel. Cuando son novelistas con éxito de ventas, suelen ser muy buenos urdiendo tramas.
Y existen también los escritores que, teniendo una extraordinaria cultura literaria, obtienen grandes éxitos de ventas. En el mundo de nuestra lengua, el caso supremo de calidad literaria y de éxito de ventas es Gabriel García Márquez. El caso de García Márquez es casi cómico porque su maestro es Faulkner, uno de los novelistas de más difícil lectura y que más ha influido en la novela más culta del mundo occidental del siglo XX. Y, sin embargo, el autor de «Cien años de soledad» ha fascinado a millones de lectores de varios idiomas. ¿Cómo se puede fascinar a millones de lectores siendo, más que un discípulo, casi un hijo putativo de Faulkner, el rey de las tramas oscuras y de los lóbregos monólogos interiores? Por una sola razón: porque García Márquez fue durante muchos años periodista y no hay mejor escuela que el periodismo para escribir una prosa clara. Por tanto, García Márquez parte del monólogo interior de Faulkner, que, por lo general, duerme de sopor hasta a las piedras adictas a la marchosa cocaína, pero su magnífica educación periodística le pone freno al monólogo tenebroso de Faulkner. Veamos el ejemplo de otro gran discípulo de Faulkner, Juan Benet, que no fue periodista sino ingeniero de caminos y, por tanto, no se educó literariamente escribiendo crónicas periodísticas. Sus novelas, muy admiradas por discípulos muy cultos, no tienen éxito popular, aunque, en una ocasión, llegó a ser finalista del premio Planeta con la novela «El aire de un crimen».
¿Y qué decir de los libreros? Para mí, los libreros son, como los bomberos, los héroes de nuestro tiempo. Como los bomberos, los libreros tienen que estar en muy buena forma física porque las cajas de libros pesan como féretros de muertos obesos. ¿Pensamos en lo pesados que son los libros – ¡y cuánto más si son plúmbeos de contenido! – y en cómo los libreros se pasan medio día colocando libros? Brindemos por los libreros con buen vino, y también con vino peleón, como con tanta gracia canta Guache & Loma en su disco «Lo obscuro (Poemas gritados y baladas eléctricas)», publicado por Huerga & Fierro editores. Agradezcámosles a los libreros los muchos libros maravillosos que, con tanto esfuerzo laboral, nos suministran. Tendríamos que arrodillarnos con respeto religioso cuando saludamos a un librero. Espero que, a partir de ahora, la gente se arrodille cuando entre en una librería. ¡Vivan todos los libreros del mundo!
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