El papa se atreve a decir no
Artículo de Ramón Irigoyen publicado en «La Voz de Galicia». Martes, 12 de febrero de 2013
Sorprende al mundo el papa Benedicto XVI renunciando a su pontificado en un gesto tan insólito en la Iglesia que tenemos que remontarnos a los días de Celestino V, casi un contemporáneo de Dante, para encontrar su antecesor en la renuncia al trono pontificio. El que, además, el papa tenga la valentía de aducir como razón de su renuncia que ya no tiene fuerzas físicas ni espirituales para ejercer su ministerio es otra razón más para admirarlo. Salvo los niños de pecho de hoy, todos recordamos el grave deterioro físico de su antecesor Juan Pablo II, un superdotado de la comunicación adicto a las cámaras televisivas, que no nos ahorró a creyentes y ateos crudezas corporales en los últimos meses de su vida. La renuncia de Celestino V – en el mundo, Pietro di Murrone – enfureció a Dante, que se vengó del papa condenándolo, en su «Divina Comedia», al infierno. En el canto III de su «Infierno», Dante, con suprema poesía y odio gangsteril, escribe que allí “vi y conocí la sombra de aquel / que hizo por cobardía la gran renuncia”. Cavafis dedicó a aquella renuncia el espléndido poema «Che fece… il gran rifiuto» (‘Que hizo… la gran renuncia’) suprimiendo el per viltà (‘por cobardía’) del original de Dante porque el poeta alejandrino, a diferencia del poeta italiano, comprendía plenamente la libertad total de la persona a la hora de elegir su destino. Basado en el mismo pasaje de Dante, Unamuno, hijo biológico del poeta florentino, escribió el soneto titulado «La gran rehúsa» de espíritu, por supuesto, anticavafiano. El papa ha sido valiente.




