El magnífico pintor Alfonso Galván
Artículo de Ramón Irigoyen «El magnífico pintor Alfonso Galván» publicado en «Diario de Navarra» el lunes 20 de octubre de 2014.
Se inaugura en Madrid la galería Sociedad Anónima en cuyo logo leemos, además, la leyenda Arte Contemporáneo Europeo. La galería está domiciliada en Gran Vía, número 15 y, por tanto, respira el aire neoyorquino que corre por esta arteria madrileña que parece transplantada desde el corazón mismo de Manhattan. Y, si Goya desde su cielo baturro me permite un desesperante jueguecillo de palabras, bien podemos ya decir que, desde el jueves 16 de octubre, esta calle madrileña, a la que todo el mundo llama arteria, ahora es ya la arteria por excelencia puesto que acaba de inaugurarse una galería de arte. Javier Bravo, nacido en Ciudad Real, y algún otro socio, que, por humildad teresiana, prefiere mantenerse en el anonimato que aconseja el propio nombre de la galería, Sociedad Anónima, se han lanzado a la palestra del mercado del arte y hay que desearles el mayor éxito.
Para inaugurar su sede, Sociedad Anónima ha elegido la soberbia obra del pintor madrileño Alfonso Galván, un discípulo auténtico del gran Antonio López. ¿Y en qué coinciden Alfonso Galván y Antonio López? En primer lugar, Alfonso Galván fue alumno de Antonio López y en él encontró un maestro de máximo refinamiento formal. Antonio López y Alfonso Galván tienen realmente una paciencia china a la hora de pintar una minúscula ramita de un árbol o el rabillo de un membrillo con la luz que recibe a las 18.35 de una tarde de octubre. Y, en el caso de Alfonso Galván, la paciencia es tan auténticamente china que incluso llegó a matricularse de chino en una academia y estudia esta lengua no precisamente sencilla para occidentales. Palabras chinas podrán leer en los cuadros de Alfonso Galván quienes lean vascuence, que es la lengua más próxima al chino que tenemos por aquí.
Otro punto en común que tienen estos pintores es el haber sido bendecidos por la casa real. Alfonso Galván recibió, en su día, de un college de Oxford el encargo de pintar un retrato de la reina doña Sofía. El pintor fue recibido por la reina, que posó para él, como exigen las reglas del retrato, y Alfono Galván entregó su obra con puntualidad británica. Antonio López recibió el encargo de pintar un retrato de la familia real. Pero incurrió en el muy humano error de ir cobrando anticipos antes de terminar el trabajo. Y, desde hace diez años, fecha en que cobró el último plazo del adelanto del encargo, el gran Antonio López perdió la real motivación de trabajar, el sublime placer de cobrar y, a partir de ese momento, le abandonaron las musas y ya no encontraba razón para dedicarse a currar el lienzo. Pero la verdad es que Antonio López es tan buen pintor que este incumplimiento del plazo de entrega es ya una anécdota intrascendente. Antonio López ha entregado el cuadro y, aunque dice que aún no está terminado, el cliente da por zanjada la entrega y el cuadro será expuesto próximamente.
En la exposición de Alfonso Galván – integramente espléndida – destaca el hipercuadro ‘Políptico del Perro’, un óleo sobre lienzo dividido en nueve partes – literalmente, en nueve ‘pliegues’, que es lo que significa en griego ‘ptix’, ‘ptijós’, que da en castellano ese ‘-ptico’ de ‘políptico’, o sea, ‘de muchos pliegues’ -. Este políptico fue pintado a lo largo de siete años (2007-2014) y tiene unas medidas de 146×114 cm. Alfonso Galván tiene alma de poeta bucólico – no en vano dedica varios cientos de horas al año al cuidado de su jardín – y por eso el tema de este políptico es la naturaleza misma: arbustos, hojas, un perro tranquilo, que, en estos días de crudísimo ébola, no puede dejar de evocarnos al desdichado Excalibur, el perro sacrificado de Teresa Romero, la auxiliar de enfermería infectada por esta enfermedad, y también a ese célebre perro de una de las ‘pinturas negras’ de Goya que ha generado interpretaciones opuestas por el vértice. Como cada uno ve lo que lleva en su cerebro yo he visto en estos nueve fragmentos del ‘Políptico del Perro’ un homenaje a las nueve primeras copas de Europa del Real Madrid. Si Alfonso Galván le añadiera al cuadro una décima sección en la que pintara el cabezazo de Sergio Ramos en el minuto 93 de la final de la última Champions, preludio del triunfo madridista frente al Atlético de Madrid por 4-1, este cuadro podría quedar fantástico en el museo del Real Madrid donde se exhiben los trofeos de las diez copas de Europa. También ese perro de este políptico me ha evocado el soneto XXXVII – “A la entrada de un valle, en un desierto” – de Garcilaso que relata la angustia terrible de un perro que ha perdido a su amo. En este maravilloso soneto Garcilaso se superó a sí mismo. La belleza de estos versos es sublime.
La semana nos ha traído, pues, en el terreno de las artes plásticas dos excelentes noticias: la inauguración de la galería madrileña Sociedad Anónima y el regreso de la espléndida pintura de Alfonso Galván.




