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Ramón Irigoyen es autor de 16 libros de obra original. Ha publicado también 15 libros de traducciones del griego antiguo y moderno.
"Descomunal poeta" (Juan García Hortelano)
"Ya era hora, coño, de encontrar una gran prosa castellana, nueva, vieja y eterna" (Francisco Umbral, Premio Cervantes)

De san Mateo a García Márquez

Artículo de Ramón Irigoyen publicado en «Diario de Navarra». Lunes, 4 de enero de 2016

Para alegrar a mi madre ya fallecida hace casi tres décadas, que, como toda su familia navarra, llevaba el  catolicismo inscrito en su ADN , el día de navidad comencé a leer el evangelio de San Mateo. ¿Podía yo darle a mi madre una alegría mayor que abrir la Biblia de Jerusalén (Editorial   Desclée de Brouwer), y leer  en la página 1387  el Evangelio de san Mateo, que le inspiró a Pasolini una célebre película?  Diré, con la humildad  cristiana de Teresa de Ávila, que este evangelio de San Mateo me lo sé casi íntegro de memoria. Durante cinco años como seminarista interno y seis meses como seminarista externo del ilustre seminario de Pamplona, leí en el evangelio de la misa  en latín, literalmente, cientos de veces – exactamente, 1903 veces – los avatares divinos y humanos de Cristo desde su nacimiento e infancia hasta su muerte, resurrección y aparición a sus discípulos en Galilea   contados por este evangelista y también por sus colegas san Marcos, san Lucas y san Juan en sus respectivos evangelios.  Y digo bien que ‘casi’ tengo memorizado todo el evangelio porque ya, del  primer capítulo que relata la genealogía de Jesús, yo había olvidado una frase de san Mateo que tanto me habría aclarado el origen del nombre de un futbolista del Madrid. Como se va a ver, mi piedad al leer a san Mateo me llevó al instante  de la frase “ Abraham que engendró a Isaac”, que abre el evangelio,  a Florentino Pérez que engendra entrenadores – cuando escribo este artículo el Madrid no ha jugado todavía en Valencia y no se sabe si el entrenador Rafa Benítez mantiene o ha perdido su silla bíblica – a Florentino, digo, que engendra entrenadores como, en primavera,  engendran los campos amapolas  y grillos.

Cuando Jesé fichó por el Madrid, la primera pregunta que me hice fue: ¿Jesé es su nombre de pila, es su apellido o es quizá un apodo que le pusieron en el colegio?  Por supuesto,  si yo entonces no hubiera llevado  tantos años sin leer a san Mateo, esta pregunta me la habría ahorrado porque, en los versículos 5-6 del primer capítulo de  este  evangelio, se lee – y estuve a punto de arrodillarme cuando lo leí – que Obed engendró a Jesé, y Jesé engendró al rey David. Tenía el alma serenada por la lectura del evangelio.   Pero el “¡hostia,  Jesé!” que solté sin poder reprimirme, con cierta irreverencia,  creo que no debió hacerle mucha gracia a mi adorada madre. Comprendo bien que a ella no le hiciera gracia. Pero creo que venía muy a cuento aquel estentóreo – o quizá incluso ‘ostentóreo’, como decía  Jesús Gil y Gil, el presidente del Atlético  – exabrupto,   porque el origen del nombre de este hombre – mi admirado Jesé –  había torturado mi cerebro durante varios meses. Y de paso recordemos el fantástico libro No es lo mismo ostentoso que ostentóreo. La azarosa vida de las palabras (Espasa) de José Antonio Pascual, vicedirector  de la Real Academia Española. Y, por cierto, qué espléndidas cuatro páginas dedica Pascual en el subcapítulo ¡Llega por fin el fútbol! del capítulo “La contaminación de las palabras” a la aclimatación de la palabra ‘fútbol’ en castellano. Este subcapítulo es extraordinario, como el resto del libro,   tan documentado, como amenísimo.

La presencia de los ángeles, de los Reyes Magos y del demonio, cuya existencia, por cierto defiende el papa Francisco, tiñe el evangelio de San Mateo de un realismo mágico que es de la misma estirpe que el de, por ejemplo, la mitología griega que luego heredó y asimiló Roma. Este realismo  mágico lo hallaremos, con el paso de los siglos, en  Cien años de soledad de García Márquez. En esta novela extraordinaria, que ha influido en cientos de novelistas de varias lenguas, incluso hallamos un personaje como Remedios la  Bella,  que, siguiendo los pasos de la Virgen María en su Asunción a los cielos, levita y desaparece en el cielo librándose de ser enterrada en un cementerio.

Para saber quién fue San Mateo, hay que leer  la espléndida Guía para entender el Nuevo Testamento – de casi 600 páginas  – (Editorial Trotta), de Antonio Piñero, catedrático de filología griega en la Universidad Complutense, especializado en lengua y literatura del cristianismo primitivo.   Esta Guía es esencial para lectores del Nuevo Testamento (evangelios, Hechos de los Apóstoles, Epístolas de San Pablo, Epístolas de varios apóstoles y Apocalipsis).

En el ámbito de la filología clásica, la gran noticia de 2015 ha sido la publicación de la quinta edición de la soberbia Historia de la literatura griega (Cátedra), un libro de 1300 páginas de las que son autores 19 helenistas de primerísimo  nivel que han trabajado bajo la dirección del helenista J.A. López Férez, editor del libro.

Para los aficionados a la buena narrativa, ahí está el  libro Diez relatos de mujeres (www.torremozas.com) firmado por S. Aldama Muñoz, M.J. Beltrán, V. Sánchez Lafuente, L. García Villarejo, C. Arénaga, E. Santos, M. de Diego, N. Gómez de la Cal, M. T. Pino y Lola Vivas.

Y una poeta que mejora de libro en libro: Sandy García.  De su libro La luz del silencio (Huerga & Fierro Editores), con excelente prólogo de Enrique Gracia Trinidad, hay que destacar el extraordinario poema dedicado a su padre “Carta abierta al cielo”. No creo que sea posible leer este exquisito poema sin emocionarse hasta las lágrimas.

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