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Ramón Irigoyen es autor de 16 libros de obra original. Ha publicado también 15 libros de traducciones del griego antiguo y moderno.
"Descomunal poeta" (Juan García Hortelano)
"Ya era hora, coño, de encontrar una gran prosa castellana, nueva, vieja y eterna" (Francisco Umbral, Premio Cervantes)

Chiki Fabregat

Artículo de Ramón Irigoyen publicado en «Diario de Navarra». Lunes, 21 de noviembre de 2016

La presentación en Madrid de Me llamo Zoila y de Zoila. La leyenda del vínculo de Chiki Fabregat, dos novelas magníficas publicadas por Edebé, coincide, minuto arriba o abajo, con el Inglaterra – España de fútbol. ¿Debo renunciar a asistir a la presentación, que ofician Javier Sagarna y  Javier Fonseca, o debo renunciar, como mínimo, al primer tiempo del Inglaterra – España, un falso amistoso porque con Inglaterra no hay partido que no tenga rango de final de un Mundial? El ángel exterminador, vestido de elfo por imperativo foral de Chiki Fabregat, como los personajes de sus novelas, me recuerda que los libros se presentan en la librería Cervantes y Compañía. Y al recordar que estamos en el cuarto centenario de la muerte de Cervantes y que a nuestro primer escritor apenas se le han dedicado este año algunos leves homenajes, venzo mis dudas de asistir a la presentación y, arrastrado por mi veneración a Cervantes,  desembarco en la librería de la calle madrileña Pez, 27, a dos pasos del metro Noviciado y a un paseíto muy recomendable para el cuerpo de la plaza de España, que acoge el monumento a Cervantes más importante que, con motivo de la celebración del tercer centenario de su muerte, allá por 1916,  le erigió  Madrid.  El monumento se inauguró en 1929.

Javier Sagarna, farmacéutico, como Pilatos, que era propietario de tres  farmacias en Jerusalén,   excelente escritor, director de la Escuela de Escritores con sede en Madrid y ex profesor de Chiki Fabregat, canta las glorias  de la prosa de la autora. Estas glorias  las compruebo muy pronto con la lectura del prefacio  y del primer capítulo de Me llamo Zoila. El primer párrafo del prefacio tiene tres frases  que gastan una lengua de registro coloquial. La primera frase utiliza 16 palabras. La segunda frase tiene 10 palabras. La tercera frase utiliza 22 palabras. Esta variedad del número de palabras en cada frase agiliza el ritmo del párrafo. Léase en voz alta – y muy despacio – este primer párrafo de Me llamo Zoila y se percibirá la belleza y la viveza de su ritmo:  “Gerb estaba leyendo entre las ramas más altas del árbol común cuando el cielo se oscureció. Solo era mediodía y supo que algo no iba bien. Descendió por el tronco del árbol sin apenas rozarlo y no había llegado al suelo cuando aparecieron cuatro elfos portando una camilla.”

En mi primera lectura de este párrafo sentí  un rechazo instintivo por el adjetivo ‘común’. ¿’Árbol común’?, me pregunté  recordando el verso “el adjetivo cuando  no da vida mata”, del poeta chileno Vicente Huidobro. En las siguientes relecturas me convencí  de que este adjetivo está muy bien puesto. Y ¿por qué sentí rechazo por este adjetivo? Probablemente por mi dificultad para compartir. Tengo la experiencia más trágica de compartir que se puede tener. Compartí con mi hermano gemelo el vientre de mi madre y él nació muerto y yo viví de pura chiripa. Y no se olvide el suplemento de tragedia de que mi hermano, por no estar bautizado, por aquellas fechas, se había ido al limbo, un lugar para imbéciles suprimido, por cierto, por  Juan Pablo II, a quien también, en su día, se le fue un hermanito al limbo, tragedia que hizo sufrir lo indecible a la madre de este papa.  Cuando se tiene una experiencia tan trágica de compartir, las palabras ‘común’, ‘comuna’, ‘comunismo’, Padilla, Bravo y Maldonado, o sea, los comuneros de Castilla inmortalizados en un monumento en Segovia,   generan un rechazo visceral. En cambio, Chiki Fabregat, según cuenta, tiene una experiencia muy feliz con  su hermana gemela. Las dos hermanas se llevan dos años y, por la generosidad de la naturaleza, ellas se consideran ¡hermanas gemelas!. Como dijo  Federico Trillo un día memorable en el limbo de los micrófonos,  ‘¡manda huevos!’.  Dos años de diferencia en el nacimiento ¡y estas señoras se consideran gemelas!  Las felicito. Así se explica que Chiki Fabregat sea tan buena inventándose historias maravillosas de elfos. Obviamente, estos libros tan buenos son para adolescentes y para adultos no idiotizados  por el paso de los años.

 

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