Vargas Llosa y Liu Xiaobo
La concesión del Premio Nobel de Literatura a Mario Vargas Llosa ha suscitado este año unanimidad respecto a la justicia del galardón otorgado. Todo el mundo admira la calidad de una obra tan extensa como profunda a la hora de escudriñar el corazón humano que, como vemos a todas horas, es capaz de las más admirables maravillas y también de las bajezas más siniestras. Ese policía que, fuera de servicio, ve caerse en Madrid a un hombre a las vías del metro y salta a las vías y lo salva de ser atropellado, por décimas de segundo, se nos cruza en la mente con esa madre que, presuntamente, acaba de asesinar a sus dos hijos en Valladolid. A Vargas Llosa, como a su maestro Faulkner, por temperamento, le atraen más las historias trágicas, aunque también, en el terreno del humor, al que se resistió a acercarse en su primera juventud, ha demostrado que es también un gran novelista.
La concesión del Premio Nobel de la Paz al disidente chino Liu Xiaobo, condenado a once años de cárcel, ha sido una magnífica noticia. Como bien sabemos quienes seguimos en España el largo viaje de la dictadura a la democracia, del mismo modo que, por nuestros pagos, el Tribunal de Orden Público pedía hasta diez años de cárcel para un estudiante al que le incautaban unos panfletos, el Gobierno chino aterroriza a sus disidentes con tan infames como desorbitadas penas de prisión. Y, sin embargo, a pesar del terror gubernamental, hay héroes, como Liu Xiaobo, que se atreven a denunciar el terrorismo de Estado. En China se perpetra una gravísima violación de los derechos humanos. Como era previsible, al régimen chino le ha enfurecido la concesión de este premio Nobel y, como primerísima potencia económica que es, ha presionado con éxito para reducir la presencia de representantes extranjeros en la ceremonia de la entrega del premio tras una campaña de presiones diplomáticas. El régimen chino difunde calumnias contra Liu Xiabo y contra su familia y amigos. Cuanto más acosa y difama el régimen chino al galardonado y a sus familiares, más daña su imagen internacional que, en el terreno de los derechos humanos, durante ya varias décadas, está bajo vergonzosos mínimos. La palabra ‘dictadura’ nos suena por aquí ya casi a un arcaísmo. Pero esta voz de ecos tan siniestros nos recuerda que el régimen de Pekín tiene todavía que dar muchos pasos hacia la democracia.




