‘Cartas a Galdós’ de Pardo Bazán
‘Artículo de Ramón Irigoyen publicado en «Diario de Navarra»· Martes, 16 de julio de 2013
La lectura de «‘Miquiño mío’. Cartas a Galdós», de Emilia Pardo Bazán, genera una enorme simpatía por esta mujer que se casó a los 17 años, que tuvo tres hijos, que, a los 33 años, se separó de su marido, y que viajó por Europa y hablaba seis lenguas. Tras su separación matrimonial, se profesionalizó como escritora. Fue pionera en la defensa del feminismo: fundó en 1892 la espléndida colección “Biblioteca de la Mujer”. Y fue amiga y también amante de Benito Pérez Galdós, con quien mantuvo una ardiente correspondencia epistolar que ahora ha publicado Turner. La excelente edición es de Isabel Parreño y Juan Manuel Hernández.
Emilia Pardo Bazán nació en La Coruña en 1851. Su novela Los pazos de Ulloa obtuvo un éxito rotundo. De clase acomodada, tuvo una intensa vida social en las ciudades en las que vivió, Madrid, La Coruña y París, donde conoció a los naturalistas, que fueron los defensores de que en las novelas se hablara de sexo y de la casquería más cruda. El que hoy, por ejemplo, se hable en radios y televisiones de algo tan repulsivo como los vómitos – una palabra que no es infrecuente en los telediarios a las horas en que el público está comiendo: la palabra ‘vomitivo’ la pronunció recientemente la nueva presidenta del PP del País Vasco, Arantza Quiroga, en un telediario, a las tres de la tarde, sin cortarse ni un leve vello de la axila de la señora Gioconda – se lo debemos a los naturalistas Zola y a los hermanos Goncourt, que tanto influyeron en Galdós – su La desheredada (1981) fue en España la primera novela de clara influencia naturalista – y en Pardo Bazán y Clarín
Emilia Pardo Bazán soñaba con entrar en la Real Academia Española, una institución para la que tenía méritos para haber sido elegida. Pero la Docta Casa por aquellas fechas – y durante algunas décadas más hacia el pasado y todavía también hacia el porvenir – era alérgica a admitir a las mujeres en la Academia y, de hecho, unos años antes de no admitir a Pardo Bazán, también había cerrado sus puertas a otra gran escritora, la cubana Gertrudis Gómez de Avellaneda.
“Miquiño mío reúne 93 cartas escritas a lo largo de 32 años que nos informan de unas relaciones que comienzan por la admiración literaria de Emilia Pardo Bazán por la obra de Galdós. En 1883 Pardo Bazán se dirige a Galdós en estos términos: “Mi ilustre maestro y amigo”. Al cabo de un año va creciendo la confianza y Pardo Bazán da un paso en la expresión de su afecto y le llama: “Querido y respetado maestro”. A los tres años de correspondencia, en 1886, le llama a Galdós “Amigo querido” y firma con estas cálidas palabras: “soy de usted amiga, admiradora y compañera”. Pasemos por alto tres años de correspondencia y situémonos en mayo de 1889, fecha en la que Pardo Bazán le anuncia a Galdós que el sábado próximo, si se encuentran por una bien urdida ‘casualidad’, él podrá “besar mi escultural geta (sic) gallega”. Un año más tarde, Emilia Pardo Bazán ya llama a Galdós mi “caro roedor literario”. Al llegar a este punto es el momento de hacer una pausa y decir que Pardo Bazán tuvo mucha suerte al llamar ‘roedor’ – bichejo deleznable donde los haya – a Galdós. Porque, si este apelativo , en vez de aplicárselo a Galdós, que no rompió su amistad con ella tras esta frasecita tan desafortunada, se lo llega a aplicar ochenta o cien años más tarde, por ejemplo, a Mario Vargas Llosa, que tiene fobia a estos bichos contra los que, en todas sus variantes morfológicas, echó pestes en un artículo publicado, hace ya unos años, en El País, ahí se habrían estampado la amistad y el amor de Emilia Pardo Bazán contra el muro infranqueable de las fobias zoológicas de Mario Vargas Llosa. Admiro a Vargas Llosa por muchísimas razones. Pero ninguna razón de mi admiración es tan profunda y verdadera como su visceral fobia a estos animalejos para mí innombrables.
¿Y qué sabemos de las cartas de Galdós? Como dicen los editores del libro, el epistolario de Pardo Bazán y Galdós conocido hasta hoy se compone de 93 cartas, escritas entre el 5 de abril de 1883 y el 3 de marzo de 1915. De Galdós sólo queda una carta, que es la primera de esta recopilación publicada. Galdós le debió escribir también cartas ardientes a Pardo Bazán. Pero, como viejo zorro que era, le pidió a Pardo Bazán que se las devolviera. Y ella, que tenía un corazón de oro gallego, se las devolvió. Y Galdós, probablemente, les aplicó a sus cartas una duchita de fuego. ¿Hay algo más eficaz que el fuego cuando queremos destruir unas cartas comprometedoras?




