Cervantes, Proust, Freud
Artículo de Ramón Irigoyen publicado en «Diario de Navarra». Lunes, 18 de enero de 2016
Celebramos este año el cuarto centenario del fallecimiento de Cervantes y Shakespeare, los dos genios de la literatura en español e inglés, y mi homenaje a Cervantes no puede ser – por decirlo suavemente – más heterodoxo. Comienzo a leer el Segundo tomo del ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha firmado por Alonso Fernández de Avellaneda, un delincuente en toda regla. La exquisita edición, estudio y notas, publicada por la Real Academia Española, es de Luis Gómez Canseco. Fernández de Avellaneda no solo le robó a Cervantes la autoría del Quijote, sino que, anticipándose a los crueles ataques personales que se oyen en el programa televisivo Sálvame de luxe, que emite Tele 5, le llamó a Cervantes, entre otros elogios, manco, pobre, bravucón y viejo como las ruinas del castillo de San Cervantes. Fernández de Avellaneda era un superdotado del insulto y le dedicó a Cervantes otras injurias de esas que la justicia persigue de oficio. Luis Gómez Canseco ha escrito un soberbio prólogo de 120 páginas, a las que hay que sumar otras 600 páginas que recogen El “Quijote” de Avellaneda y las notas del libro.
Ediciones del Subsuelo, con la ayuda del Centro Nacional del Libro (CNL, por sus siglas en francés) publica El lago desconocido entre Proust y Freud, un libro espléndido de Jean-Yves Tadié. Tadié, biógrafo y especilaista en Marcel Proust, uno de los tres más grandes novelistas del siglo XX, dirigió la nueva edición de En busca del tiempo perdido, de Proust, para la Biblioteca de la Pléiade, el panteón que acoge a los genios de la literatura francesa. Esta obra fue galardonada con el premio de la Academia francesa, que fue incluso más tardía que nuestra Real Academia Española (RAE) en la admisión de mujeres en su casto seno. Carmen Conde ingresó en la RAE antes que Marguerite Yourcenar ingresara en la Academia francesa. Jean-Yves Tadié es director editorial de las colecciones “Folio classique” y “Folio théatre”. Tadié es probablemente el mayor conocedor de la obra de Proust y, además, ha leído a fondo la obra de Sigmund Freud, de quien los ignorantes suelen decir que es ya un autor superado por la simple razón de que el tiempo, como ocurre siempre, matiza – o incluso desmonta – algunas teorías que, aunque no sea muy visible, siguen viviendo subterráneamente. Como apunta Jean-Yves Tadié, Freud fue el hombre de una sola mujer y de múltiples libros. Proust, en cambio, fue el autor de un solo libro – aunque eso sí muy voluminoso: consta de siete tomos – y tuvo múltiples amantes. Proust, altísimo poeta en prosa, asocia con la imagen de un lago desconocido todo aquello que escapa a nuestro control: el inconsciente, el gran campo de trabajo de Freud. Del inconsciente emanan docenas de verdades escondidas. Unos minutos antes de escribir este artículo, friéndome un huevo – redundantemente, un huevo frito -, me ha saltado de la sartén un chorro de aceite asesino y encarándome al instante con el aceite le he increpado en voz alta con estas palabras: “Hijoputa, ¿qué pretendes? ¿Acaso quieres dejarme en una silla de ruedas?”. Ese “hijoputa” y esa “silla de ruedas” ¿de qué sótano de mi inconsciente han brotado? Quizá ni el mismísimo Freud podría haberlo adivinado tras tumbarme en su diván un trimestre. Todos los que hemos frito un huevo tenemos esa experiencia. Cuando el aceite tiene un cable cruzado ataca como se atacaron Cervantes y los turcos en la batalla de Lepanto. La espléndida traducción de El lago desconocido entre Proust y Freud es de Laura Claravall, que, además, es editora de Ediciones del Subsuelo.
Otro libro maravilloso de Ediciones del Subsuelo: El latín ha muerto, ¡viva el latín! Breve historia de una gran lengua, de Wilfried Stroh, que cuenta la apasionante historia del latín desde sus orígenes hasta nuestra época. Aquí nos enteramos, por ejemplo, de que los jesuitas han sido unos magníficos profesores de latín pero, eso sí, jamás traducían poemas eróticos de Catulo o textos obscenos del Satiricón de Petronio. La traducción de Fruela Fernández es excelente.




