Cómo explicarte el mundo, Cris
Artículo de Ramón Irigoyen publicado en «Diario de Navarra» (página 72). Lunes, 20 de junio de 2016
Andrés Aberasturi, un maestro en prensa, radio y televisión y autor del libro de poemas Un blanco deslumbramiento, que alcanzó un gran éxito, acaba de presentar en Madrid su libro Cómo explicarte el mundo, Cris. Testimonio de la vida con mi hijo (La Esfera de los Libros). Firma un excelente prólogo Javier Sádaba. Aberasturi presentó su libro en la sala Pelonio de la calle Lope de Vega, que desemboca en el paseo del Prado y que, por tanto, queda a dos pasos del ministerio de Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad, al que subliminalmente apela el autor porque Cómo explicarte el mundo, Cris es una especie de diario o carta que le dicta a Aberasturi su infinito amor por su hijo Cristóbal – Cris, para sus familiares –, hoy de 36 años, aquejado de parálisis cerebral desde su nacimiento. Una infección, una de esas gracias terroríficas que la naturaleza nos depara porque sus caprichos bioquímicos son infinitos, lo sumió en la más total dependencia. Hay en España 120.000 personas afectadas de parálisis cerebral cuya invisibilidad y, en tantos casos, desatención clama al cielo en funciones del ministro de Sanidad, Alfonso Alonso, que esperemos que, a partir del 26 de junio, sea pronto un cielo a secas y no en funciones, e independientemente de quien lo gobierne. Abrió el acto Ymelda Navajo, una editora mítica incluso en Hungría, que le dio al autor la sorpresa de que ya se había agotado la primera edición y se había publicado la segunda. Presentó el acto Risto Mejido, un genio de la comunicación, que debutó en televisión ganándose la enemistad de una parte importante de la audiencia, incluido Andrés Aberasturi, por sus constantes sarcasmos dirigidos a los participantes en el programa televisivo Operación Triunfo.
En 52 capítulos, que, como los capítulos de Platero y yo, de Juan Ramón Jiménez, no cuentan una historia lineal, sino una historia fragmentaria, Andrés Aberasturi nos desnuda su corazón y, por tanto, nos hace llorar porque esta dolorosísima historia de amor con su hijo es un calco de nuestra propia historia cuando hablamos con nosotros mismos sin mentirnos. Acabo de leer el capítulo titulado El viento y una vez más se cumple la observación del poeta latino Horacio en su Arte poética: “Si quieres que llore, antes tienes que sentir dolor tú”. Las lágrimas de Andrés Aberasturi son de verdad. Son las lágrimas de un padre que tiene un hijo con parálisis cerebral y, que en lugar de tragarse las lágrimas y taparse la cara, tiene la valentía de aparecer llorando ante nosotros. Ante estos textos tan verdaderos viene a la memoria este maravilloso verso, referido a los indios, del genial poeta y ensayista mexicano Alfonso Reyes: “Eran tan valientes que se atrevían a llorar en público.”
Frente a los cientos de libros escritos sin un gramo de alma, Cómo explicarte el mundo, Cris de ,Andrés Aberasturi ,ha adquirido el derecho de situarse en ese estante privilegiado de libros transidos de verdad como Platero y yo de Juan Ramón Jiménez, Diarios 1965 – 1985 de Jaime Gil de Biedma, Los diarios 1957 – 1989 de Carlos Barral, Mortal y rosa de Francisco Umbral, La negra provincia de Flaubert de Miguel Sánchez-Ostiz o Paula de Isabel Allende. Y quien desee ampliar esta lista hispánica de libros verdaderos que se lo pregunte a la gran Anna Caballé, una experta suprema en libros de memorias.
Hace ya unos meses, visité con la fotógrafa Ana Irigoyen la residencia madrileña El Despertar que acoge a personas afectadas con parálisis cerebral. Allí estaba Cris Aberasturi, a quien, junto con otros compañeros, fotografió Ana Irigoyen para un trabajo académico de la Escuela PIC.A dirigido por el fotógrafo Javier Arcenillas, tan aficionado, como todos los grandes artistas, a experiencias fuertes. El novelista Enrique Revuelta, mi guía en aquel trance, ya me advirtió que mi visita a El Despertar sería una experiencia que cambiaría mi vida. Así fue. Mi visita a El Despertar – era la primera vez que visitaba un centro de estas características, al que apoya la muy generosa y eficaz Fundación Esther Koplovitz, que tiene sus orígenes en los años setenta del pasado siglo – cambió profundamente mi vida. Pero todavía no soy tan valiente como Andrés Aberasturi como para contar aquí la gran lección que recibí de mi hija Ana, que se relacionó con Cris y con sus compañeros y les hizo fotografías con una naturalidad y seguridad, que yo quizá no alcance ni en mis dos próximas reencarnaciones pitagóricas. Los padres les damos a los hijos la gran lección de cepillarse los dientes que tantas infecciones les ahorra. Pero ellos nos oxigenan el corazón. Sin tetas no hay paraíso, canta una célebre serie televisiva que quizá no les hace mucha gracia a las mujeres. Sin niños y niñas – sin fotógrafas y sin fotógrafos y sin la Fundación Esther Koplovitz – no hay oxígeno en el mundo.




