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Ramón Irigoyen es autor de 16 libros de obra original. Ha publicado también 15 libros de traducciones del griego antiguo y moderno.
"Descomunal poeta" (Juan García Hortelano)
"Ya era hora, coño, de encontrar una gran prosa castellana, nueva, vieja y eterna" (Francisco Umbral, Premio Cervantes)

Fallarás, poesía y Osasuna

Artículo de Ramón Irigoyen publicado en «Diario de Navarra». Miércoles, 17 de abril de 2013

Cristina Fallarás cuenta con enorme valentía su propio desahucio en el libro «A la puta calle», que es también, por cierto, el título de una magnífica canción de Luis Farnox. El subtítulo del libro es «Crónica de un desahucio». El libro es bueno por dos razones. La primera razón se basa en la alta profesionalidad literaria de su autora, que ha demostrado en los muchos artículos que, en los últimos años, ha publicado en diarios y revistas. Y también se basa en la calidad de sus novelas «Rupturas» y «No acaba la noche», que, como me dicta Menéndez Pelayo desde su tumba de la catedral de Santander, no son los únicos libros que esta autora, nacida en Zaragoza, ha publicado.
La segunda razón del impacto que causa «A la puta calle» nos la dio el griego Yorgos Seferis en el poema «Domingo», hace ya 80 años, cuando escribió que prefería una gota de sangre a un vaso de tinta. Todos los desahucios están escritos con sangre porque tanto los gobiernos del PSOE como el actual del PP han consentido que una banca dirigida por bandoleros impusiera en los contratos hipotecarios unas cláusulas leoninas – con unos intereses de demora disparados al Himalaya y una escurridiza dación en pago -, que la UE ya ha obligado a cambiar a nuestro Gobierno.
Cristina Fallarás es la primera mujer galardonada en Gijón con el premio Hammett de novela negra por «Los niños perdidos». Hay que regalarles «A la puta calle» a los directores de nuestros bancos porque ya nos ha recomendado Hillary Clinton que nos conviene llevarnos bien con los directores de nuestros bancos. Un regalito, pues, como este libro de Cristina Fallarás puede estar muy bien, y especialmente en estas fechas en que la Comunidad de Madrid lanza su campaña de promoción del libro para el 23 de abril con este eslogan que no es que me guste mucho: “¿Me regalas un libro? Te regalo un libro”. ¿Y por qué no una frasecita como “¿Me metes un gol en el minuto 92? Te meto un gol en el minuto 92.” Haciendo de la frasecita corazón, el 23 de abril, Día del Libro, regalaré, junto con «A la puta calle», «Los mejores poemas de amor», una excelente antología de poesía que reúne a más de 60 poetas antologados por Antonino Nieto, bardo supremo de nuestras letras.
Por asociación de ideas, y ahora que parece que quizá quiere irse por fin el invierno y llega la primavera del monte Soracte cantado por el poeta latino Horacio, debo dedicar unas palabritas a mi adorado Osasuna, un equipo que lleva ya dos jornadas haciendo méritos para el desahucio que lo llevaría a Segunda. No me atreví a ver la retransmisión televisiva del Málaga-Osasuna que, como ya saben en Filipinas hasta los niños de pecho, acabó con derrota osasunista por 1-0. No quise, como digo, ver el partido por miedo a la derrota de Osasuna porque, además, el partido terminaba al borde de las doce de la noche y un batacazo en el resultado a esa hora no es precisamente la mejor preparación para conciliar el sueño. Tampoco quise, a partir de las diez de la noche, la hora del partido, leer ningún periódico digital para librarme de saber el resultado.
En la mañana del domingo, y contra mi costumbre diaria, tampoco entré en las webs de los diarios digitales y preferí informarme por la prensa impresa en papel. Después de desayunar, y ya más fuerte para poder encajar una desgracia, leí la portada de un diario madrileño que, desde la portada, leí, página a página, disfrutando la información aunque sin ninguna prisa por llegar a las páginas de deportes. Leí las primeras 52 páginas del periódico procurando evitar el pensamiento del resultado del Málaga-Osasuna. Y, como cualquier hincha inasequible al desaliento, con la secreta esperancilla de que Osasuna, contra todo pronóstico, hubiera empatado y ya no digo ganado. En la primera página de deportes, por fortuna, no se hablaba de Osasuna. Pero, en la segunda página de deportes, me topé de bruces con el Gólgota de la pasión de Cristo sin excluir ninguno de sus pedruscos: ¡Málaga 1-Osasuna 0! Solté un juramento que el poeta latino Horacio, autor de los más vehementes insultos en su libro «Epodos», habrá apreciado, como se merece, en su villa póstuma de la Sabina. Leer que el gol llegó en el minuto 92 me produjo un suplemento de frustración. Pero ¿hay algo positivo en las derrotas de Osasuna? Sí, lo hay. Los navarros, curtidos por las derrotas de nuestro equipo, somos los que mejor morimos en los hospitales. Los osasunistas resistimos la agonía con un buen humor del que carecen, en su lecho de muerte, los madridistas y barcelonistas, tan atiborrados de victorias. Gracias, gracias, Osasuna: ¿qué equipo prepara a sus hinchas para una buena muerte mejor que tú? Eso es saber perder. Hay que encajar el gol de la derrota cuando el árbitro está ya a punto de pitar el final del partido. Sí, señor, ha sido un magnífico resultado el obtenido en Málaga. He visto por fin el gol de Baptista, con la pierna derecha, en el telediario de las 3 de TVE y, para hacer méritos para una buena muerte encajada con el mejor humor, lo he aplaudido con todas mis fuerzas.

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