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Ramón Irigoyen es autor de 16 libros de obra original. Ha publicado también 15 libros de traducciones del griego antiguo y moderno.
"Descomunal poeta" (Juan García Hortelano)
"Ya era hora, coño, de encontrar una gran prosa castellana, nueva, vieja y eterna" (Francisco Umbral, Premio Cervantes)

La marquesa de Sade

Artículo  de Ramón Irigoyen publicado en “Diario de Navarra”. Lunes, 20 de julio de 2015

Al comentar ahora el magnífico libro Renée Pelagie. Marquesa de  Sade (Ediciones del Subsuelo), de Gérard Badou, voy a actuar, y solo por esta vez, dejándome llevar por la espontaneidad como recomendaba Unamuno a la hora de escribir un artículo. La excelente traducción de Renée Pelagie ­– nombre de la esposa del marqués de Sade – es de Elena Calvo.  Sabiamente, Juan Antonio Ramírez en su espléndido libro Cómo escribir sobre arte y arquitectura (Ediciones del Serbal) refuta este consejo de Unamuno. La espontaneidad hay que aceptarla – y con frecuencia sufrirla – solo en los niños que, a su tierna edad, todavía andan peleándose con el control de esfínteres y, por supuesto, con el control de sus opiniones, que, con frecuencia, no llegan a tener ni siquiera cuando se hacen, más o menos,  adultos.  Frente a la espontaneidad, Juan Antonio Ramírez recomienda en Cómo escribir sobre arte y arquitectura la planificación de los temas del artículo que suele dar el mejor resultado.

En diciembre de 2014 se cumplió el bicentenario de la muerte del marqués de Sade. Pensé por esas fechas glosar la figura de Sade, un autor que leí con el mayor entusiasmo en mi primera juventud porque sus libros me ayudaron mucho a liberarme de la culpa cristiana que yo sentía en todos los momentos del día, incluidos los ratos en que jugaba al fútbol en la pamplonesa Vuelta del Castillo e independientemente de que ganara o perdiera el partido que estaña jugando. Metíamos un gol fantástico y allí estaba la culpa cristiana pegándole un bocado salvaje a mi conciencia y, como digo, si nos metían un gol, la culpa, con más razón, también  le daba un par de collejas a mi conciencia. Hasta que un día me acordé de un consejo literario que me había dado en Atenas el poeta  Vanguelis Rosakeas y leí Los ciento veinte días de Sodoma del marqués de Sade. No diré que fue mano de santo porque no es precisamente un santo el marqués de Sade. Pero, desde la lectura de ese libro, mi conciencia se educó mucho y ya solo me visitaba en momentos en que estaba justificada su presencia. Creo que se comprenderá bien que yo le tenga un afecto muy especial al marqués  de Sade porque a sus libros les debo que, durante muchos años, yo haya celebrado los goles de Osasuna sin necesidad de darme golpes de pecho. Recuerdo, por ejemplo, de mi infancia un gol que metió de cabeza en el campo de San Juan a las seis y media, y que le dio la victoria a Osasuna,  el osasunista Pahuet y me estuve dando golpes de pecho hasta después de la cena. Eran los años en que se cantaba mucho aquello de “culpa, culpa de tamarindo” que la gente con poca cultura musical tarareaba como “pulpa, pulpa de tamarindo”.

Queda, pues, claro, como digo, que al marqués de Sade lo venero en el mismo altar que a los poetas  Seferis,  Cernuda, César Vallejo y Gil de Biedma, que son mis ídolos absolutos. Pero, ay, aunque ya me imaginaba – y lo peor es que incluso tenía algunos datos – que el marqués de Sade era un ciudadano de vida poco recomendable, la lectura de Renée Pelagie. Marquesa de Sade   me lo ha bajado directamente de la Liga BBVA a Segunda B sin pasar por la Liga Adelante en la que, con tantos esfuerzos, milita Osasuna.

René Pelagie fue esposa del marqués de Sade durante veintisiete años. Tuvo con Sade tres hijos que al llamado divino marqués le interesaron bastante poco. Renée Pelagie pertenecía a una familia rica y burguesa que aspiraba a formar parte de la aristocracia. Donatien Alphonse de Sade pertenecía a la nobleza pero carecía de dinero. Se casaron en mayo de  1763.

A los cinco meses de la boda, Sade fue encerrado en el torreón de Vincennes por haber secuestrado y maltratado a una joven. El marqués, por diversos delitos, vivió treinta años entre rejas. Renée Pelagie cuenta magistralmente una historia de amor, frustración y odio entre un depredador sexual y una santa del quinto cielo. Un libro apasionante.

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